Divorcio y casa en Valencia. Cómo convertir un problema inmobiliario en tu oportunidad de empezar de cero

Separarse es duro. Hacerlo cuando hay una vivienda en común, todavía más. La casa no es solo ladrillo: es proyecto de vida, recuerdos, esfuerzo compartido, hipotecas largas, reformas, discusiones sobre la decoración y planes que, de repente, cambian de rumbo. En Valencia lo vemos cada día en nuestro trabajo: parejas que han apostado por un piso en Ruzafa, un adosado en la Eliana o un apartamento en la playa de la Malvarrosa y que, tras el divorcio, se enfrentan a una pregunta tan fría como inevitable: ¿qué hacemos con la casa?

Vender una vivienda tras el divorcio en España exige combinar tres planos a la vez: la realidad emocional, la realidad jurídica y la realidad económica. Si además hay hipoteca de por medio, el puzzle se complica. En la práctica, conviene entender bien cómo se reparte el dinero de la venta, qué pasa con el banco y qué alternativas existen cuando uno de los miembros quiere quedarse con el piso.

En el mercado residencial de Valencia, que vive un momento de alta demanda y precios al alza en muchas zonas, la vivienda compartida puede convertirse en un conflicto… o en una oportunidad de rehacer la vida financiera de forma ordenada. La clave está en decidir con rigor, y no solo con el peso de la emoción.

Lo primero: quién es realmente propietario y en qué régimen matrimonial #

Antes de hablar de vender, de repartir dinero o de negociar con el banco, hay una pregunta esencial: ¿de quién es legalmente la vivienda?

En España, la respuesta depende en gran parte del régimen económico del matrimonio y de cómo se escrituró la compra. Dos parejas pueden vivir la misma situación sentimental, pero su escenario jurídico con la vivienda puede ser muy distinto.

Régimen de gananciales: lo más habitual #

En muchas comunidades autónomas, incluido el caso de muchos matrimonios con vivienda en Valencia, el régimen habitual es el de gananciales, salvo que se hayan firmado capitulaciones. En gananciales, lo que se compra durante el matrimonio, con dinero común, suele ser de ambos al 50 %, aunque en la escritura solo aparezca uno.

Esto significa que una vivienda comprada durante el matrimonio y pagada con ingresos comunes se considera bien ganancial. Al divorciarse, se tiene que liquidar la sociedad de gananciales y la vivienda entra en ese reparto. A efectos prácticos, si se vende, el dinero neto suele repartirse por mitad, salvo que haya pactos distintos o inversiones privativas acreditadas.

Separación de bienes: cada uno con su porcentaje #

En separación de bienes, lo que se compró por cada cónyuge es, en principio, de quien lo pagó o del porcentaje que figure en la escritura. Es frecuente encontrar pisos en Valencia donde la escritura refleja, por ejemplo, un 50 % a nombre de cada uno, o situaciones más complejas: 70/30, 60/40, etc.

En caso de divorcio, la vivienda no se considera “del matrimonio” como unidad, sino un bien en copropiedad o, directamente, propiedad de uno solo. Por eso, si se vende, el reparto del dinero seguirá los porcentajes que constan en el Registro de la Propiedad o en la escritura, con los matices de quién ha aportado qué, si se demuestra que hubo pagos privativos o donaciones.

Compro antes de casarme, me caso después: ¿qué pasa con esa vivienda? #

Otra situación muy habitual en Valencia: uno compra el piso de soltero y, después, la pareja se casa y convive allí. En estos casos, la vivienda suele seguir siendo privativa de quien la compró, pero los pagos realizados con dinero común durante el matrimonio (por ejemplo, cuotas de hipoteca) pueden generar un derecho de reembolso o compensación a favor de la sociedad de gananciales o del otro cónyuge, según el régimen.

Esto es relevante a la hora de vender tras el divorcio: puede que el piso no sea ganancial, pero sí haya que ajustar cuentas por las aportaciones realizadas a lo largo de los años.

Importancia de los documentos #

El primer paso práctico antes de decidir vender es recopilar y revisar:

La escritura de compraventa y la escritura de hipoteca.
El régimen económico matrimonial (capitulaciones, si las hay).
Los recibos de hipoteca y posibles reformas importantes.
La nota simple del Registro de la Propiedad actualizada.

A partir de ahí se construye el mapa jurídico de la vivienda. Vender sin tener claro este mapa es sembrar el terreno para conflictos posteriores, sobre todo cuando ya se ha repartido un dinero que, quizá, no era así como debía repartirse.

Vender la vivienda: cómo se reparte el dinero de forma justa #

En el momento en que ambos deciden vender la vivienda tras el divorcio, la pregunta inmediata suele ser: “¿Cuánto me toca a mí?”. Y aquí conviene separar la carga emocional de la lógica económica. No se reparte el precio de venta, sino el dinero neto que queda una vez descontados todos los gastos y deudas vinculadas.

Cálculo básico: del precio de venta al dinero real #

En la práctica, el esquema real que se maneja en una operación de venta es este:

Precio de venta que paga el comprador.
Menos el capital pendiente de hipoteca y otros préstamos garantizados con la vivienda.
Menos los impuestos y gastos de la venta que correspondan al vendedor (plusvalía municipal, posible IRPF por ganancia patrimonial, notaría, gestoría, comisión de agencia si la hay).
Lo que queda es el dinero neto a repartir.

En muchos divorcios, la frustración aparece porque se había imaginado que la venta “iba a ser un colchón económico importante”, y la realidad es que, entre hipoteca pendiente y gastos, el neto es mucho menor de lo esperado.

Si la vivienda pertenece al 50 % a cada uno #

En la situación más frecuente, gananciales o copropiedad a partes iguales, lo normal es que, una vez cubiertos todos los gastos e impuestos de la venta, la cantidad final se reparta al 50 %. Eso sí, pueden aparecer matices:

  • Si uno ha pagado durante mucho tiempo una mayor parte de la hipoteca desde la separación de hecho.
  • Si uno ha vivido en la vivienda tras la ruptura y el otro ha estado pagando parte de la cuota sin disfrutar del uso.
  • Si ha habido grandes reformas costeadas por uno solo.

En estos casos puede pactarse un “ajuste interno” en el reparto del dinero, reflejándolo en el convenio regulador o en un acuerdo privado bien redactado. Lo que vimos en muchas operaciones en Valencia es que, cuando este ajuste se trabaja con transparencia desde el principio y se apoya en documentos (transferencias bancarias, facturas), se evitan discusiones interminables el día de la firma.

Si los porcentajes de propiedad son distintos #

Cuando uno tiene, por ejemplo, un 70 % y el otro un 30 %, el reparto neto parte de esos porcentajes. Ahora bien, los gastos vinculados a la venta no siempre se reparten necesariamente en ese mismo porcentaje: muchas parejas prefieren acordar que todos los gastos comunes se deduzcan al 50 %, y después se reparta el neto en la proporción de propiedad.

También es posible acordar que la plusvalía municipal o la tributación en IRPF la asuma quien más se beneficia de la venta, especialmente si ese mayor beneficio es evidente. Aquí la clave no es solo cumplir la ley (que es obligatorio), sino prever y pactar con antelación quién soporta qué carga económica.

El impacto fiscal: un punto invisible… hasta que llega Hacienda #

Es frecuente que, en medio de la urgencia emocional del divorcio, nadie piense en el IRPF o en la plusvalía municipal. Sin embargo, vender tras un divorcio puede generar una ganancia patrimonial sujeta a IRPF si el precio de venta es mayor que el precio de compra (sumando gastos de compra, reformas justificadas, etc.).

Hay excepciones y reducciones, por ejemplo si se reinvierte en vivienda habitual o si se cumple determinada edad, pero cada caso debe analizarse de forma individual. Una planificación fiscal mínima antes de poner el piso en venta puede ahorrarle a cada uno una sorpresa desagradable uno o dos años después, cuando llegue la declaración.

En Valencia, donde muchas viviendas se han revalorizado en barrios como Benimaclet, Patraix o Campanar, este aspecto fiscal es especialmente relevante.

Qué hacer con la hipoteca: banco, responsabilidades y realidades incómodas #

La hipoteca es el gran actor silencioso de un divorcio con vivienda. Aparece poco en la conversación sentimental, pero domina la conversación con el banco y condiciona casi todas las decisiones inmobiliarias. Y hay una premisa que conviene repetir con claridad: el divorcio no rompe el contrato con el banco.

El banco no se “divorcia” de vosotros #

Aunque el juez apruebe un convenio regulador donde se diga que uno asume el pago de la hipoteca y el uso de la vivienda, a efectos del banco ambos seguirán siendo deudores solidarios mientras el préstamo siga a nombre de los dos. Esto significa que, si el que se queda con la casa deja de pagar, el banco podrá reclamar al otro, aunque ya no viva allí y aunque tenga sentencia de divorcio.

Es una de las experiencias más amargas que hemos visto: personas que años después del divorcio se encuentran con embargos o impagos derivados de una hipoteca que ya no consideraban “suya” mentalmente, pero que seguía siéndolo jurídicamente.

Por eso, si uno se queda la vivienda tras el divorcio, el escenario deseable siempre es que el banco acepte una novación o una subrogación que deje a la otra parte fuera del préstamo. Eso sí: el banco solo aceptará si el titular que se queda demuestra suficiente solvencia.

Escenarios habituales con la hipoteca al vender #

Cuando se vende la vivienda con hipoteca, el escenario más normal es este:

Del precio de venta, en la notaría se cancela directamente la hipoteca pendiente.
Se libera la carga hipotecaria en el Registro.
Se reparten entre ambos las cantidades restantes, ya limpias de deuda con el banco.

A nivel operativo, en la firma de notaría suele estar presente la entidad bancaria o su gestoría. El banco emite un certificado de deuda pendiente y, con parte del precio que paga el comprador, se salda ese importe. El resto del dinero se transfiere a los vendedores según lo acordado.

Si el capital pendiente es elevado y el precio de venta ajustado, puede suceder que apenas quede dinero neto a repartir. Y si, por el contrario, el mercado está fuerte y la vivienda se vende bien —como está pasando en muchas zonas de Valencia capital y su área metropolitana—, la cancelación de la hipoteca deja un margen más amplio para cada uno.

Hipoteca superior al valor de mercado: la trampa de la venta a pérdidas #

En ocasiones la suma pendiente de hipoteca es mayor que el valor actual de mercado de la vivienda. Es menos frecuente en grandes núcleos urbanos ahora mismo, pero ocurre con pisos comprados en pleno boom a precios muy altos, o en zonas que no han recuperado valor.

En este caso, vender implicaría asumir una deuda residual con el banco: el precio de venta no cubre la hipoteca. Muchas parejas, ya tensionadas por el divorcio, se paralizan ante esta perspectiva. Sin embargo, si se valora que el piso no es sostenible para ninguno de los dos a largo plazo, es mejor enfrentar la realidad y negociar con la entidad un escenario viable.

A veces se puede llegar a acuerdos de refinanciación, o de reunificación con otras deudas, siempre con prudencia. Aquí el asesoramiento hipotecario especializado y una valoración realista del inmueble en el contexto del mercado local de Valencia son fundamentales.

Alternativas si uno quiere quedarse con el piso #

No siempre la solución preferida es vender. Una de las situaciones más cargadas de emoción es cuando uno de los miembros —a menudo la persona a la que se le ha atribuido el uso de la vivienda con los hijos— desea quedarse con el piso y continuar allí. El corazón lo pide, pero el banco y los números mandan su propia carta.

Hay varias alternativas, cada una con sus ventajas y riesgos.

Extinción de condominio: comprar la parte del otro #

Si el piso está en copropiedad (por ejemplo, 50/50), una opción muy utilizada es la extinción de condominio: uno compra la parte del otro, se convierte en propietario único y, en paralelo, intenta quedar como único titular de la hipoteca, si el banco lo permite.

Este mecanismo tiene un atractivo fiscal: la parte que compra suele tributar por el impuesto de transmisiones patrimoniales reducido aplicable a la extinción de condominio, en lugar de tributar por una compraventa ordinaria del 50 %. Sin embargo, hay que analizarlo bien porque la fiscalidad autonómica y los criterios pueden variar.

En la práctica, en muchas operaciones en Valencia, el proceso es así:

Se fija el valor de la vivienda, preferiblemente con tasación profesional o al menos con valoraciones inmobiliarias solventes.
Se calcula el valor de la parte del cónyuge que sale.
Se determina qué cantidad debe pagar quien se queda, descontando, si se acuerda, la parte de hipoteca que ya asume en solitario.

Por ejemplo, si la vivienda se valora en 240.000 euros, con un 50 % de propiedad cada uno y una hipoteca pendiente de 80.000 euros, quien se queda podría acordar con el otro pagarle su 50 % del valor neto (valor menos deuda) o del valor bruto, según lo que pacten. Cada fórmula tiene consecuencias económicas y fiscales distintas.

Subrogación y novación: el baile con el banco #

Para que la extinción de condominio sea completa y justa, no basta con que jurídicamente uno pase a ser el único propietario. La verdadera liberación llega cuando el banco acepta modificar la hipoteca y deja fuera al otro cónyuge.

Esto puede hacerse mediante:

Novación del préstamo, cambiando titulares y condiciones.
Subrogación de deudor, asumiendo uno solo la deuda.

Pero el banco no está obligado a aceptarlo. Se trata prácticamente de una nueva operación hipotecaria, con análisis de solvencia, estabilidad laboral, nivel de ingresos y ratio de endeudamiento. En nuestro día a día en Valencia encontramos casos donde la entidad acepta sin grandes problemas y otros donde, pese a la voluntad de la pareja, la entidad se niega.

Si el banco no accede, el miembro que se va seguirá apareciendo como deudor, con todo lo que eso supone para su futuro acceso a financiación y su tranquilidad. En esas circunstancias, a veces la venta conjunta y cancelación total del préstamo, por práctica que suene, es una salida más limpia para ambos.

Pactar un uso temporal de la vivienda y venta futura #

Otra alternativa que se ve con frecuencia es no vender de inmediato, sino establecer un uso temporal de la vivienda a favor de uno de los cónyuges, normalmente el que reside con los hijos, y fijar un horizonte de venta futura.

Este horizonte puede estar vinculado a varios hitos:

Que los hijos alcancen cierta edad.
Que finalice un periodo concreto de tiempo (por ejemplo, 5 o 10 años).
Que se cumplan determinadas condiciones económicas.

Durante ese periodo, se puede pactar cómo se pagan la hipoteca, los gastos de comunidad, el IBI y las reparaciones. Cuando llegue el momento pactado, se pondrá la vivienda en venta y se repartirá el dinero según los porcentajes de propiedad, o según el acuerdo establecido.

La parte complicada es que la realidad cambia: a lo largo de los años puede variar el mercado, la situación laboral de cada uno, las necesidades de vivienda, e incluso las relaciones personales. Por eso, cualquier pacto de este tipo debe ser lo más específico posible, para evitar que, llegado el momento, se abra un nuevo conflicto sobre qué hacer y cómo vender.

Alquiler de la vivienda como salida intermedia #

En ocasiones, ni vender en el corto plazo ni que uno se quede de forma definitiva es viable. Entonces surge la opción de alquilar la vivienda. Es más frecuente en casos donde el mercado del alquiler es dinámico —como ocurre en buena parte de Valencia capital y alrededores— y la renta puede cubrir buena parte o la totalidad de la hipoteca.

Alquilar permite:

Mantener la vivienda como inversión mientras se amortiza hipoteca.
Repartir las rentas entre los copropietarios según su porcentaje.
Ganar tiempo para que cada uno rehaga su situación económica.

No obstante, ser copropietarios y copropietarios-arrendadores tras el divorcio exige una comunicación mínima y una gestión profesional o clara: quién se encarga de buscar inquilino, quién trata con la agencia, cómo se abordan impagos o reparaciones, cómo se declara fiscalmente la renta, etc. La idea suena sencilla, pero la convivencia económica prolongada puede reabrir heridas si no se manejan bien las reglas.

El valor de una buena valoración: ni regalar la casa ni aferrarse al pasado #

En la venta de una vivienda tras divorcio, el precio de mercado no es un detalle; es el centro de muchas decisiones. Un miembro puede querer vender muy rápido para cerrar capítulo, y el otro puede querer prolongar la venta para “no malvender”. Encontrar el punto de equilibrio requiere datos, no solo percepciones.

En Valencia, el mercado inmobiliario es muy heterogéneo: no es lo mismo un piso reformado en l’Eixample que una vivienda a reformar en Nou Moles; ni un chalet en la Canyada que un piso sin ascensor en un barrio tradicional. Por eso, antes de entrar en discusiones interminables sobre el precio, es esencial:

Analizar operaciones reales recientes en la misma zona y de características comparables.
Estudiar el segmento de compradores interesado en ese tipo de vivienda.
Valorar el estado de conservación, la necesidad de reformas y el impacto de estas en el precio final.

Una agencia con experiencia local puede aportar informes y argumentos objetivos que faciliten el acuerdo entre los ex cónyuges. Cuando ambos entienden cómo está el mercado y ven datos concretos, es más fácil asumir un precio realista, sin la tentación de usar la vivienda como campo de batalla emocional.

Gestión práctica de la venta en medio de un divorcio #

Vender una vivienda ya implica papeleo, decisiones y negociación. Hacerlo cuando las dos personas propietarias están en pleno proceso de divorcio añade tensión. Sin embargo, con una mínima metodología, se puede reducir el desgaste.

Coordinación y toma de decisiones #

Conviene pactar por escrito:

Quién se comunica con la agencia inmobiliaria.
Quién autoriza visitas y en qué horarios.
Qué margen de negociación de precio se permite a la agencia.
Qué gastos previos se asumen (pequeñas mejoras, certificados energéticos, etc.).

Si estas cuestiones se aclaran desde el principio, se evitan fricciones del tipo “yo no quería aceptar esa oferta”, “nadie me consultó”, o “por qué tengo que pagar yo ese arreglo”.

Confianza en profesionales externos #

En un divorcio cargado de emociones, la figura de terceros profesionales imparciales —abogados de familia, asesores fiscales, agentes inmobiliarios— sirve como amortiguador. Su papel no es decidir por la pareja, sino traducir la realidad jurídica, fiscal y de mercado en información comprensible, para que las decisiones no se tomen desde la improvisación.

En Valencia, donde las diferencias de precio entre barrios pueden ser muy acusadas, el asesoramiento local cobra más peso: un error de 20.000 o 30.000 euros en el precio de salida puede significar semanas y meses extra en el mercado, o una venta demasiado barata.

Cerrar bien el capítulo económico #

Una vez vendida la vivienda, cancelada la hipoteca y repartido el dinero, el objetivo debe ser que el capítulo económico quede realmente cerrado. Esto implica:

  • Dejar claramente documentado el reparto.
  • Conservar copias de la escritura de compraventa, certificados de cancelación, justificantes de pagos.
  • Actualizar los datos fiscales y bancarios de cada uno.

Cerrar bien este capítulo inmobiliario no borra lo vivido, pero permite que cada uno mire hacia adelante con un poco más de serenidad, sin temer que, de pronto, un error de hace años reactive el conflicto.

La dimensión humana: desapego, oportunidades y nuevos comienzos #

Hablar de vender una vivienda tras el divorcio es hablar, también, de despedidas. Para muchas personas, firmar la venta en la notaría en Valencia es el final simbólico del “hogar común”. Hay lágrimas, silencios tensos, miradas que evitan cruzarse. Pero también hay alivio, sensación de cerrar una etapa y, a veces, incluso orgullo: el de haber sido capaces de negociar, ceder y encontrar una salida justa.

En el plano económico, tomar buenas decisiones en torno a la vivienda marca la diferencia entre comenzar la nueva vida con un lastre o con una base relativamente sólida. Evitar que una hipoteca compartida se convierta en una condena a largo plazo, no dejar que el resentimiento bloquee una venta razonable, no aferrarse a una casa que ya no es sostenible… son gestos de responsabilidad hacia uno mismo y hacia el futuro.

En ciudades como Valencia, donde el mercado ofrece múltiples alternativas para rehacer proyecto habitacional —desde pequeños estudios en barrios emergentes hasta viviendas más prácticas en el área metropolitana—, la venta tras el divorcio puede transformarse, con el tiempo, en la puerta de un nuevo espacio: más adaptado a la situación actual, menos cargado de recuerdos, más ligero.

Tomarse el tiempo para entender cómo repartir el dinero de la venta, qué hacer con la hipoteca y qué opciones reales existen si uno quiere quedarse con el piso no es un lujo. Es una necesidad. Porque, al final, la vivienda es una parte importante de la historia en común, pero no el final de la historia personal de cada uno. Y gestionar bien esta transición, con información, calma y asesoramiento, es una forma de cuidarse en uno de los momentos más delicados de la vida.